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Un tiempo de rupturas / Eric Hobsbawn

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15.
Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX, Eric Hobsbawm, Barcelona, Crítica, 2013, 308 pp.

Este libro trata sobre lo que ha sucedido con el arte y la cultura de la sociedad burguesa una vez esta se desvaneció, con la generación posterior a 1914, para no regresar jamás. Versa sobre un aspecto del terremoto global que la humanidad viene experimentando desde que la Edad Media terminó repentinamente, para el 80 por 100 del globo terráqueo, en la década de 1950, y hacia los años sesenta, cuando los gobiernos y las convenciones que habían regido las relaciones humanas se desgastaban a ojos vistas en todas partes. Este libro, por lo tanto, trata también sobre una era de la historia que ha perdido el norte y que, en los primeros años del nuevo milenio, mira hacia delante sin guía ni mapa, hacia un futuro irreconocible, con más perplejidad e inquietud de lo que yo recuerdo en mi larga vida (p. 10)

Desde las primeras líneas del prefacio, Hobsbawm advierte del pesimismo, o más bien del desconcierto, sobre el que va a desarrollarse el compendio de ensayos, conferencias y reseñas que integran su libro póstumo Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX.

Eric Hobsbawm nació en Egipto en 1917, aunque su niñez y juventud transcurrieron en Viena y Berlín. Sus raíces judías, así como su educación austriaca y alemana, son palpables a lo largo de la lectura de este libro. El uso de conceptos como “Heimat”, “Gleichschaltung” o “Bildungsbürgertum”, las referencias a sus recuerdos personales (que plasma en momentos como: “Mi atlas escolar austríaco, de la década de 1920, aún recuerda a los lectores que Oslo, la capital noruega, había sido Cristania”) o la aproximación a la obra de Karl Kraus, acercan al lector a las vivencias del autor. Este nomadismo o cosmopolitismo le confirieron una forma diferente de ver el mundo, lo que le sirvió para analizar la historia con un enfoque global. Su manera de aproximarse a la historia le llevó a tener muchos seguidores y le proporcionó una reputación mundial. Entre sus libros más importantes destaca la trilogía que analiza desde la Revolución Francesa hasta la Primera Guerra Mundial, periodo que divide en tres grandes bloques. El primero, que denominaría La era de la revolución, abarcaría desde 1789 hasta 1848; el segundo, La era del capital, comprende el estudio de la historia desde 1848 hasta 1875; y finalmente, La era del imperio, arranca en 1875 y se extiende hasta el conflicto bélico de 1914. Unos años más tarde, Hobsbawm aún prolongaría su estudio con la publicación de La era de los extremos: el corto s. XX, 1914-1991. Sobre este último libro, Tony Judt señalaba:

Eric Hobsbawm´s history of the twentieth century is the story of the decline of a civilization, the history of a world wich has both brought to full flowering the material and cultural potential of the nineteenth century and betrayed its promise. In wartime certains states have reverted to the use of chemical weapons upon unarmed civilians (their own included, in the case of Iraq); the social and environmental inequities arising from uncontrolled market forces are on the rise, while any collective sense of shares interest and inheritances is shrinking fast (…) In cultural matters everything is now “post-” something.

Este “corto siglo XX” se caracteriza por una constante deriva, una era en la que se sincretizan todas las corrientes del siglo XIX en una mercadería carente de contenido. Esta deriva social en la que sólo se potencian los intereses individuales, que son los fomentados por el capitalismo, en detrimento de las necesidades colectivas, es retomada en Un tiempo de rupturas, la obra que aquí nos ocupa. El cuerpo de este último libro lo conforman cuatro partes principales. En la primera de ellas se plantea la siguiente hipótesis: ¿hacia dónde van las artes en el siglo XXI? ¿Qué futuro le espera a la alta cultura? Este punto de partida nos lleva a buscar los orígenes de la alta cultura europea del siglo XIX, que el autor sitúa en la alta burguesía procedente de Europa, principalmente del centro del continente, Mitteleuropa (idea desarrollada en capítulo 8). La búsqueda de estos orígenes va a integrar la segunda parte del libro, búsqueda que se realiza analizando, desde diferentes perspectivas, los inicios del siglo XIX, llegando hasta la influencia delart nouveau a principios del siglo XX. Este apartado concluye con un análisis del patrimonio que hemos heredado de la cultura clásica. Uno de los temas que aborda Hobsbawm en relación con la construcción del patrimonio cultural del siglo XIX es, entre otros, la influencia que han tenido los judíos en su creación. Mientras que hasta 1800 es difícil encontrar nombres de judíos en las áreas de las Ciencias y las Humanidades, a partir de esta fecha ocurre lo contrario. Ello es debido a la emancipación judía, que pasa de ser una comunidad segregada a introducirse paulatinamente en el mundo de los gentiles. Gracias a esta emancipación, empezaron a surgir en especialidades como las matemáticas, la química, la física, la literatura, la música o la política grandes nombres judíos, siendo su influencia innegable, por ejemplo, en la época de las revoluciones de 1830 (p. 72).

Cómo evoluciona la “alta cultura” decimonónica en el siglo de la tecnología, la invención del cine, la cultura de masas, la Segunda Guerra Mundial y el auge del fundamentalismo religioso va a ser el objeto de estudio de la tercera parte del libro. Aquí Hobsbawm hace, para empezar, un recorrido sobre la división entre las Artes y las Ciencias. A este respecto señala: “Durante la primera mitad del siglo XX, la brecha entre ambas culturas fue probablemente más amplia de lo que había sido nunca, al menos en Gran Bretaña, donde las escuelas secundarias ya separaban las «artes» de las «ciencias» desde los catorce o quince años” (pp. 181-182). En segundo lugar, el autor explica también la paradoja que se ha creado en torno a las creencias religiosas, sobre todo las más fundamentalistas, que deben comulgar con la tecnología aunque ésta sea contraria a su religión. Y no sólo “no renuncian al mundo de Google y al iPhone, sino que prosperan en él” (p. 213). Una paradoja que rebosa hipocresía. Aún el autor destaca una tercera idea relevante, la relación entre el arte y el poder: uno de los capítulos más interesantes de todo el libro es el que dedica al análisis de los años entre 1930 y 1945, “la Europa de los dictadores”. La Alemania de Hitler, la URSS de Stalin y la Italia de Mussolini son analizados en este capítulo.

Se nos plantea, por lo tanto, una sociedad industrial en la que el acceso exclusivo al disfrute del arte, antes sólo factible para una elite que disponía de los medios económicos e intelectuales, queda difuminada por una masa cuya relación con la cultura se ha transformado en un mero entretenimiento, obviando criterios como la calidad, y buscando un disfrute rápido y continuo. La cuarta parte de esta colección de ensayos, titulada “Del arte al mito”, viene integrada por dos capítulos. Mientras que todos los textos del libro han sido escritos a partir de 1990, “¡Pop! El estallido del artista y de nuestra cultura” data de 1964, una fecha muy anterior, pero en la que Hobsbawm ya anticipaba el futuro del arte en el S XXI: en este texto ya plantea los problemas de la industrialización del arte y la necesidad de modificar los parámetros de análisis de esta nueva forma de crear, llegando incluso a la posibilidad de discutir la misma conceptualización del arte.

En definitiva, el libro hace reflexionar al lector sobre el concepto de cultura, sus orígenes y su futuro. Hobsbawm, que nunca renunció a sus convicciones marxistas, publicaba un año antes de fallecer en 2012, Cómo cambiar el mundo, donde hacía una relectura del pensamiento de Marx. Algunos rasgos de este proceso de relectura han quedado registrados en este Un tiempo de rupturas: de hecho, se inicia el libro con “Manifiestos”, un primer capítulo separado de todo lo anterior, que cuestiona el sentido de los manifiestos en la actualidad, un texto que presentó en una maratón de manifiestos organizada por Hans Ulrich Obrist en Londres en 2008. Aquí señala que hoy en día nos encontramos con una pérdida del valor del concepto, ya que se considera “manifiesto” cualquier declaración de intenciones individual. Poco a poco se ha ido perdiendo el carácter de interés general que tenía en origen la palabra, como ocurría en el caso delManifiesto comunista. El vaciado de sentido que ha sufrido dicho término parece ser que es el mismo acontecido con el vocablo “cultura” y que, en definitiva, sería el resultado de una sociedad en la que prima la individualidad frente a la colectividad. La sociedad de bienestar que prometía pleno empleo, educación gratuita, sanidad pública y una igualdad social se ha tornado en una sociedad de trabajo precario, una educación elitista, una sanidad en vía de la privatización y un lugar donde la brecha social lleva al umbral de pobreza cada día a más personas. La propuesta de Hobsbawm es clara: se hace urgente, en esta sociedad en la que ya nada es lo que era, una redefinición de las palabras.

Referencia bibliográfica

JUDT, Tony (1995), “Downhill All the Way”, en NYbookshttp://www.nybooks.com/articles/archives/1995/may/25/downhill-all-the-way/?pagination=false

Elvira Calatayud