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La más inesperada travesía. Algunas reflexiones desde la práctica como traductora de literatura transcultural.

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Resumen

Este trabajo presenta una reflexión enhebrada desde mi vivencia como traductora literaria, concretamente desde la experiencia traduciendo literatura transcultural de la India contemporánea. En traducción, las opciones lingüísticas siempre implican modelos éticos. Como traductora trato de no naturalizar la diferencia, de no privar al público lector de la otredad que proviene de la lectura, y que, en textos lingüística y culturalmente ricos, nos abre una puerta a la diversidad, entendida como valor. La práctica traductora implica, necesariamente, una conciencia ética y política en la toma de decisiones. En este artículo, comparto cuál es la mía.

Palabras clave

Traducción literaria, literatura transcultural, ética, ideología.

Soy hijo del camino,
caravana es mi patria y mi vida
la más inesperada travesía.

Amin Maalouf (1986: 11)

Todos los residentes en las tierras de frontera
se enfrentan a una tarea similar: entender,
no censurar; interpretar, no legislar; abandonar
el soliloquio en beneficio del diálogo.

Zygmunt Bauman (1999: 87)

Introducción

Hasta hace algunos años, cuando alguien me preguntaba por mi ocupación, solía contestar que doy clases en la universidad, sin entrar demasiado en profundidad a explicar que eso, en realidad, también quiere decir que te dedicas a realizar y sufrir mucha burocracia, y a investigar y publica-r a medida que vas avanzando. Con todo, ya hace un tiempo que no me reconozco en esa definición, que no por ello ha dejado de ser cierta, aunque la vivo de otra manera. Hace ya un tiempo que, cuando alguien me pregunta a qué me dedico, contesto simplemente que soy traductora.

No es habitual que se nos ofrezca la posibilidad, en el contexto académico, de plantear un discurso desde la experiencia personal en cuanto a nuestra profesión. Por ello, agradezco esta oportunidad y confieso que lo que viene a continuación es una agradecida reflexión articulada desde mi vivencia como traductora literaria, sin ambages ni demasiados tecnicismos, impregnada de lecturas teóricas, pero filtradas por el tamiz de mi realidad como traductora desde hace una década.

Traducir es una profesión, sí, pero ser traductor, traductora, es también una forma de ser y estar en el mundo. Me gusta pensar que es mi forma de ser y estar en este mundo.

Traducir la transculturación

Dado que estos apuntes se elaboran ante todo partiendo de la experiencia como traductora de literatura poscolonial, considero oportuno comenzar introduciendo una breve pincelada sobre esta narrativa, que se refiere a las producciones artísticas surgidas de las antiguas colonias europeas, y presenta un gran número de especificidades a nivel lingüístico y referencial.

Conscientes de la posición minorizada que ocupan en términos de fuerza en el contexto global, eminentemente eurocéntrico, muchos autores en esta situación optan por escribir en la lengua europea que llegó a sus países por la vía del imperialismo, y que ha terminado por convertirse en la lengua oficial, global, lingua franca, vehículo de comunicación, pues con esta opción translingüística se introducirán en el repertorio y el mercado transnacional. De este modo, gran parte de la traducción de literatura poscolonial, altamente híbrida, implica el trasvase de elementos lingüísticos y culturales específicos de una cultura que se expresa literariamente en otra lengua.

La etiqueta de «poscolonial» es descriptiva, pero personalmente me siento más cómoda, en el caso de la literatur-a a la que me voy a referir, hablando de «literatura transcultural»[1], para enfatizar el encuentro entre culturas, del que surgen posibilidades articuladas precisamente gracias al encuentro, y que supone un terreno constante de negociaciones, mediaciones. Un terreno de traducción.

Cada vez más, nuestra contemporaneidad está fracturada por la coexistencia conflictiva de distintos sistemas, y la interacción entre la diversidad y la mundialización impone un pulso complejo entre fuerzas frontalmente opuestas. De esta ineludible globalización se derivan una metamorfosis y una transformación profundas que dificultan la perdurabilidad de los rasgos culturales propios, arrastrándolos a una vertiginosa inestabilidad. ¿Cómo desarrollar una sociedad multicultural globalizada? ¿Cómo preservar las diferencias en la aldea global? ¿Cómo puede garantizarse el derecho a la diferencia? ¿Cómo hacer compatible este derecho con un intercambio respetuoso y enriquecedor? En definitiva, ¿cómo lograr que las diversas culturas ejerzan su derecho a preservarse y a florecer, enriqueciendo a la sociedad global, a la vez que se benefician del diálogo con las demás?

Muchas preguntas y todo un reto en el que mucho tiene que decir la traducción. Pues, hoy por hoy, ya nadie duda de la relevancia de la traducción como vía para la construcción de representaciones culturales.

Cabe reconocer que traducir es intervenir, actuar, comprender que las categorizaciones no son ni universales ni naturales, sino narrativas socialmente elaboradas, porque el lenguaje construye la realidad, en muchos sentidos, y siempre exhibe ideología, está preñado de valores, creencias y puntos de vista que la traducción pretende poner en común, comunicar, debatir o compartir en la medida de lo posible.

Definir qué es traducir es complicado, porque en todo caso sólo cabe una definición abierta, teniendo en cuenta que la nuestra es una tarea viva, en marcha constante, íntimamente vinculada con su contexto histórico, político, social y cultural. Como explica África Vidal (2010), la traducción es hija de su tiempo, aunque en ocasiones también ha sido pionera y vanguardista.

Por ello, y desde una apuesta convencida por la convivencia intercultural, pienso que en nuestras sociedades occidentales, cada vez más multiculturales, es importante aprender a repensar las políticas de traducción que construyen una imagen a menudo simplificada o estereotipada de otras culturas. Así, desde la conciencia de la importancia de respetar y fomentar la pluralidad cultural, me propongo reflexionar sobre la responsabilidad que conlleva la traducción de literatura poscolonial, transcultural, entendida como labor de mediación intercultural. Para ello, hablaré desde mi propia experiencia, basada en la traducción inglés-español de literatura ante todo de la India contemporánea, concretamente de autores indios como Vikram Chandra, Manju Kapur, Vandana Singh, Selina Sen, Kalpana Swaminathan y Ruskin Bond[2].

No pretendo, en ningún caso, ponerme como ejemplo de nada. Simplemente, y con toda humildad, voy a reflexionar desde mi experiencia en el transvase al español una pequeña parte de la múltiple y variada literatura de la India, teniendo en cuenta, por otra parte, la imbricación entre teoría y práctica.

En primer lugar, al encarar estas traducciones he sido más consciente que nunca de algo que ya se sabe y se ha analizado desde un ámbito más específicamente lingüístico y discursivo: existe toda una ideología y una posición política que subyace al empleo que muchos autores indios hacen de la lengua inglesa. Una lengua que llegó al subcontinente indio por imposición durante el Raj, la época de la colonización británica, pero que con el tiempo se ha llegado a convertir en una lengua india más, no exenta de cierta problemática en el ámbito nacional indio. Pero, ante todo, el inglés se ha convertido en un idioma «puente» que, en la era global, sirve a los creadores como agente de comunicación, aunque ellos lo utilizan, elaboran y modelan desde India, para hacerse eco del raigal multilingüismo que impregna el país.

De este modo, lo primero que llama la atención al leer una obra literaria india contemporánea escrita en inglés, y ciertamente es así en las obras que he traducido, es cómo, dispersas por el texto, aparecen palabras escritas en alguna de las más de 1.600 lenguas de la India, aunque únicamente están censadas alrededor de 200, 18 de las cuales están recogidas en su Constitución. No olvidemos que desde el punto de vista lingüístico, la India es una de las naciones más heterogéneas del mundo. En ciudades como Bombay, Calcuta o Nueva Delhi, la gente alterna sin inmutarse cuatro o cinco idiomas en una misma conversación.

Con todo, lo relevante es que no son sólo palabras, sino marcas culturales que conllevan matices connotativos muy relevantes del contexto del que proceden. En el ámbito de los estudios de traducción, algunos autores los llaman realia[3], referentes culturales, elementos íntimamente vinculados al universo de referencia de la cultura original, y que, en principio, no tienen equivalencia en la cultura de llegada. Estos casos en los que la traducibilidad es desafiada pueden tener un efecto poderosamente subversivo, mostrando, en definitiva, que la traslación no se limita al lenguaje, y que el texto traducido es siempre una reescritura, una reelaboración discursiva y cultural. En el caso de narrativas como las que nos ocupan, la presencia de estos términos culturalmente marcados, en el cuerpo de textos escritos en una lengua mayoritaria, recuerdan, en opinión de Theo Hermans (1996), que estamos leyendo una traducción.

Estos elementos son, en definitiva, lo que Rabadán llama «áreas de inequivalencia interlingüística» (Rabadán, 1991: 109-173), como ocurre también con el humor, las metáforas o los juegos de palabras, aunque Rabadán puntualiza que «del mismo modo que la equivalencia absoluta no existe, tampoco existe la inequivalencia total» (Rabadán, 1991: 110). Desde esta asunción, y por concretar más, hablo de lo que Rabadán (1991: 164-168) denomina vacíos referenciales o «lagunas de tipo ontológico» (Rabadán, 1991: 111), es decir, unidades no comunes a dos lenguas que se incluyen dentro de la vivencia de una cultura determinada.

Evidentemente, a la hora de traducir un texto que contenga tales «lagunas de tipo ontológico», el debate se plantea en términos claros: bien se mantiene el elemento culturalmente marcado, aunque esto dificulte una inmediata accesibilidad para los lectores meta, o bien se sustituye por otro término que preserve el valor funcional del original y sí asegure la comprensión directa, a cambio de perder como presencia textual el sabor propio de la cultura origen.

En este sentido, en el ámbito de la traductología se han retomado y potenciado los conocidos conceptos de domesticación y extranjerización, o familiarización y exotización, que ya sugirió Friedrich Schleiermacher (1813: 231), para quien hay dos caminos para traducir: «O bien el traductor deja al escritor lo más tranquilo posible y hace que el lector vaya a su encuentro, o bien deja lo más tranquilo posible al lector y hace que vaya a su encuentro el escritor», es decir, que el traductor lleve al lector hacia el autor o viceversa. Schleiermacher se inclinó por la exotización, por tratar de mantener, a través de la traducción de un texto, «la fuerza que lo caracteriza» (Schleiermacher, 1813: 224), lo cual ha llevado a un traductólogo como Antoine Berman (1984) a considerar las ideas de Schleiermacher como la base para una ética de la traducción. Podríamos recordar también lo que Ricoeur (2004: 28) llama hospitalidad lingüística:

Hospitalidad lingüística, pues, donde el placer de habitar la lengua del otro es compensado por el placer de recibir en la propia casa la palabra del extranjero.

Hablando no en términos de conceptualización teórica, sino de resolución práctica, son diversas las soluciones y estrategias que pueden adoptarse para la traducción de las referencias culturales. En este sentido, siguiendo el sucinto resumen planteado por Samaniego (1995: 57), se podrían apuntar:

1) conservación: a) bien manteniendo el término origen tal cual, sin modificarlo, o adaptándolo gráficamente; b) además de conservar el término se añaden comentarios, notas o glosas, sean intratextuales (cuando la explicación forma parte del texto, como parte indiferenciada de éste o mediante cursiva, corchetes, paréntesis, etc., o extratextuales (notas a pie de página, a fin de capítulo o en forma de glosario).

2) sustitución, traduciéndolo lingüísticamente. En caso de que no haya equivalente, utilizar un elemento semánticamente relacionado. Caben aquí dos posibilidades: a) Universalización, bien parcial, en la que se conserva algo foráneo pero identificable por los lectores meta (eg. cien dólares), bien absoluta, con lo cual la identificación de la cultura origen del término es nula en la traducción (eg. siguiendo el ejemplo anterior, «bastante dinero»), o bien neutra, a través de una traducción literal con referencia a algún elemento cultural difícilmente identificable con una cultura concreta (eg. National Health Service como Servicio Nacional de la Salud, que reconocemos como algo ajeno a nuestra cultura, pero que no identificamos con ninguna cultura en particular), y b) adaptación a la cultura meta (eg. «diez mil pesetas»).

3) supresión u omisión del término o la expresión.

4) creación de un elemento no existente en el texto origen, a menudo en forma de sobretraducción de elementos implícitos en el original.

Al traducir he escogido, siempre, la primera solución. He optado, pues, como diría Schleiermacher, por hacer que el lector se acerque al escritor, por mantener la extranjeridad del texto original, por la hospitalidad lingüística de la que habla Ricoeur, por respeto hacia la diversidad y la particularidad diferencial del proyecto literario del original. No obstante, siendo consciente también de mi responsabilidad mediadora para con los lectores en el sistema meta, mis traducciones va acompañadas por un glosario final de términos y expresiones culturalmente definidas que pueden consultarse alfabéticamente.

Por ejemplo, en los relatos de Love and Longing in Bombay, Vikram Chandra (1997) utiliza muy conscientemente términos y expresiones del argot local de Bombay, en hindi o marathi, asumiendo incluso que algunas de esas palabras son tan específicas del habla de Bombay que ni siquiera serían comprendidas en otras zonas de la India. Esta representación de la pluralidad lingüística de la ciudad de Bombay era parte esencial de su proyecto narrativo, que pretendía destacar la naturaleza abierta, dialogante y hospitalaria de una metrópolis que en los últimos años se ha visto zarandeada y rebautizada (comoMumbai) por una oleada nacionalista de ideología conservadora, hablante de marathi, de la mano del gobierno estatal de Shiv Sena, que se formó a mediados de los sesenta como partido anti-inmigración y se manifiesta explícitamente en contra del cosmopolitismo de la ciudad y la multiculturalidad que la impregna, y a favor de la defensa de comunidades homogéneas e independientes unas de otras. Los relatos de Chandra están articulados en defensa de la pluralidad del Bombay que él tanto estima y tan bien conoce.

En todo caso, aunque al conservarlos estos términos culturalmente específicos no puedan ser aprehendidos de forma directa, el sentido general de lo que se está diciendo no se pierde en ningún momento, pues muchos de ellos se comprenden con facilidad por el contexto semántico en que aparecen. Chandra también despliega una hibridez sintáctica que la traducción buscó respetar, conservando de manera estratégica algunas referencias al inglés, para representar en español la situación diglósica que se da en el original entre el inglés y diversas lenguas indias.

Ante todo, en este punto tengo que destacar, como aspecto esencial, que en el caso de la traducción de literatura poscolonial, los recursos documentales a nuestra disposición resultan muchas veces insuficientes. El gran tema es cómo solventar las necesidades documentales que presenta esta traducción, que plantea retos motivados ante todo por diversos aspectos culturales. ¿Qué hacer, pues, cuando en los textos a traducir nos topamos con términos y expresiones en lenguas no occidentales para las que no hallamos diccionarios preparados? ¿Qué hacer si cuando, finalmente, accedemos a un diccionario, descubrimos que los términos que buscamos no vienen allí recogidos porque son coloquiales/específicos de un lugar/de una época pasada/de un colectivo concreto? Esto se complica especialmente en el caso de la traducción de literaturas híbridas, como la literatura india de la que estoy hablando.

De hecho, estas dificultades en la búsqueda documental son cotidianas en mi experiencia: no hallar diccionarios preparados, conseguir alguno tras búsquedas arduas y laberíntica-s, y llevarse la tremenda desilusión de que sólo podían resolver parte de las dudas. Acudir a recursos en Internet y tener que realizar pesquisas laboriosas para contrastar la fiabilidad de cada dato. ¿Qué hacer?

En todo momento, me ha resultado más que fundamental el contacto con los autores, que por suerte (y sé que tengo mucha en este sentido), siempre me han ayudado con enorme generosidad. Es más, he de confesar que a la traducción llegué precisamente por mi contacto con Vikram Chandra, en cuya obra centré en parte mi tesis doctoral. En este sentido coincido plenamente con Miguel Sáenz (1999: 177-178), cuando dice:

Personalmente, creo mucho en la especialización, en el hermanamiento traductor-autor. Cuando se habla con un escritor o escritora, cuando se conoce su trayectoria y su obra, se acaba por comprender muy bien su pensamiento y se puede traducir, no sólo lo que dijo sino –como decía Borges a su traductor francés– lo que hubiera querido decir…

De hecho, en la práctica de la traducción de literatura poscolonial son muchos los traductores que reconocen que su mejor referencia es el propio autor de la obra traducida. Así, Miguel Sáenz, traductor de Salman Rushdie, en el ámbito indio al que estoy aludiendo, reconoce que su mejor recurso siempre ha sido contactar con el autor (comunicación personal, 19 de agosto de 2003). También Damián Alou (comunicación personal, 29 de septiembre de 2003), que del ámbito de la literatura india escrita en inglés ha traducido a Vikram Seth, David Davidar y Amit Chaudhuri, me decía que recurrir al autor ha sido, en ocasiones, su única solución.

Consciente de que la experiencia traduciendo a Vikram Chandra había sido especial, por mi amistad y confianza personal con el autor, cuando encaré la traducción de Difficult Daughters, de Manju Kapur (1998), llegué al convencimiento de que era importante tratar de contactar con un especialista en lenguas indias. Por fortuna, entré en contacto con el indólogo Enrique Gallud Jardiel, que en diversas ocasiones me ha ayudado de forma generosa y desinteresada para anotar los significados de los términos y expresiones en hindi, panjabí y sánscrito, y quien además me ha hecho comprender aspectos tan relevantes como la conveniencia de recurrir a una transliteración que resulte más cercana a la pronunciación en español, eliminando las particularidades inglesas que son lógicas al transliterar estos términos desde sus lenguas originales al inglés, pero que no tienen sentido y distorsionan los sonidos al aproximar estos términos al español. Así, por ejemplo, decidimos transliterar chutney, que se refiere a una salsa picante especial hecha con fruta, especias, azúcar y vinagre, como chatni, que es como se pronunciaría en nuestra lengua si lo hubiésemos transliterado directamente del hindi.

No obstante, y también por fortuna, logré contactar con Manju Kapur y he de decir que mi relación con ella es tan fluida y cómplice como la que mantengo con Vikram Chandra. La traducción de su primera novela, Difficult Daughters, nos sumergió en un diálogo constante en el que la autora me aclaró no sólo términos para la preparación del glosario, sino matices y entrelíneas de importancia para la comprensión del texto, que Manju me explicó con enorme generosidad.

Difficult Daughters es una novela localizada en el Panjab (norte de la India), principalmente en las ciudades de Amritsar y Lahore (esta última actualmente en Pakistán) en los años cuarenta, durante la lucha india por la independencia, y parcialmente basada en la historia de la madre de la propia autora. A lo largo de la novela se vislumbran las costumbres de una determinada época en su concreta adscripción cultural, como por ejemplo las tradiciones culinarias, los ritos matrimoniales, la organización del hogar, o incluso la dificultad de la convivencia derivada de la costumbre india según la cual todos los núcleos de una misma familia viven bajo el mismo techo, como familia extendida. La propia Manju Kapur me contaba que para la redacción del texto se documentó profusamente sobre esa época y sobre los hechos históricos reales que después ficcionalizaría en la novela. Ante esto, y dado que la trama verdaderamente invita a la inmersión en una cultura y una dinámica social determinada, en una zona y época concreta de la India, a lo largo del proceso de traducción consulté con ella hasta los más mínimos detalles, aparte de buscar documentación especializada. Este diálogo, cuyo producto más visible es el glosario adjunto al final, hizo posible que incluso corrigiéramos en la versión española erratas que se habían escapado en la edición inglesa de Faber & Faber.

La propia autora, Manju Kapur, me decía al comienzo de esta tarea que el contexto de la novela era muy específico, lo que por ejemplo se evidencia en las numerosas alusiones a comidas típicas de la zona geográfica india en que transcurre la historia, el Panjab; también eran particulares las relaciones de parentesco a las que se aludía en la trama.

En este sentido, por ejemplo, se dice en varias ocasiones que Harish, el Profesor, uno de los personajes principales, es hijo único. Sin embargo, en un momento determinado, él mismo habla de «los hijos de mi hermano» («my brother’s children») y del «matrimonio de su hermana» («my sister’s marriage»), sin dar explicación alguna que aclare esta aparente contradicción. Consultando a la autora yo había averiguado que lo que sucede es que Harish se refiere a sus primos hermanos como hermanos, porque es la costumbre india. De hecho, en otros momentos de la novela se alude a algunos «tíos» y «tías» que no lo son por parentesco, sino porque es habitual hablar así entre gente muy allegada a la familia. La cuestión es que para un lector indio, conocedor de la realidad, aunque desde luego múltiple, de su enorme país, este hecho no provoca incertidumbre, pues se entiende sin más problema que Harish es hijo único (la trama lo deja muy claro) y que los hermanos y hermanas de que habla son sus primos, pero para un lector español este hecho, aunque es un detalle que no afecta al desarrollo y comprensión del relato, puede provocar extrañeza y sensación de contradicción. No en vano, al revisar las pruebas de la traducción, ya maquetada, la editora de Espasa pensó que esto era un gazapo del original. Yo había mantenido «hermano» y «hermana», sabiendo a qué se refería, pero dialogando con la editora, cuando me di cuenta de que podía ser un detalle que causase confusión, opté por traducirlo como «primo hermano» y «prima hermana». Para tomar la decisión, le expliqué a la propia autora todo esto y a ella misma le pareció que era mejor hacerlo así. Puede parecer un detalle muy pequeño, pero para mí es un ejemplo sobre la relevancia de la representación cultural contrastada.

Younguncle in the Himalayas, de Vandana Singh (2005), fue mi primera experiencia traduciendo literatura infantil, y poscolonial. Teniendo en cuenta el público meta, pero manteniendo el proyecto traductológico que vengo exponiendo, la traducción respetó la presencia de términos en hindi. La estrategia que utilicé en este caso, teniendo en cuenta que se trata de literatura infantil, consistió en insertar en el texto una traducción/explicación, la primera vez que aparece el concepto. Para ello le consulté a la autora qué le parecía, y estuvo de acuerdo. Aún así, al final del libro se ha colocado el listado completo, que no es muy largo, es decir, un glosario, que no hemos llamado «glosario» sino «Palabras en lengua hindi». Esto viene explicado en una «Nota de la traductora» que redacté, breve y escrita para el público infantil, donde además he podido hablarles a los lectores sobre el multilingüismo de la India, al explicarles el tema de las palabras en lengua hindi, y explicarles el concepto de casta, que surge en el texto y que los niños y niñas de este país seguramente no conocen. Si bien es cierto que una traducción culturalmente respetuosa transmite información sobre otras culturas y es una herramienta educativa, no lo es menos en el caso de un público infantil. Todo lo contrario.

Sin embargo, con diferencia, el mayor reto al que me he enfrentado hasta la fecha como traductora ha sido Sacred Games, de Vikram Chandra (2006). La pluralidad cultural y la extraordinaria hibridez del lenguaje me acompañaron durante el año entero (más de 365 días en realidad) que pasé traduciendo el texto. No sólo por su extensión (más de 1.000 páginas), sino por la complejidad. Desde la documentación necesaria para traducir, también ha sido la experiencia más desafiante, para la que, junto con la generosa ayuda del autor, recurrí ante todo a un amplio abanico de fuentes personales: policías, forenses, expertos en traducción médica, expertos en cine, fabricantes de cosméticos, e incluso personal de los servicios de inteligencia, aunque, claro, no puedo revelar ciertas fuentes.

Sacred Games es una novela realista, muy bien documentada tanto en el fondo como en la forma, que refleja el lenguaje de distintos orígenes culturales e incluso el argot de la policía y las mafias de Bombay. No en vano, no sólo es la culminación de siete años de escritura por parte de Chandra, sino también de muchas horas de investigación tanto en Bombay como en otras ciudades, como Bihar, al norte del país, o Dubai, en los Emiratos Árabes Unidos, para la cual el autor contó con la ayuda y amistad de muchos informantes, y en especial del periodista Hussain Zaidi.

Así, uno de los valores de la novela es precisamente su presentación directa, su crónica perfectamente definida y bien reflejada del contexto político, social, religioso, lingüístico y cultural de la sociedad urbana india contemporánea, concretamente del verdadero centro neuronal del país, Bombay. Se trata de una sociedad compleja, de increíble pluralidad, que Chandra jamás simplifica: policías, mafiosos, políticos, mujeres que tratan de labrarse un camino en ocasiones a costa de sí mismas, inmigrantes marginados en las zonas más deprimidas de la ciudad, niños de la calle, el desarrollo de las clases medias…

En esta novela Chandra indianiza el inglés haciendo uso de dos recursos esenciales: la expansión sintáctica (es decir, utilización de frases largas, con ayuda de la coordinación y la aposición, el uso extensivo de comas y los paralelismos estructurales), y, como segundo recurso, el empleo de palabras y frases en lenguas indias (muchas: hindi, marathi, panjabí, sánscrito, gujarati, malayalam, maithili, marwari, angami, kannada, konkani, bengalí, cachemira, tamil, urdu, árabe y la jerga de Bombay), casi nunca traducidas en el texto, aunque por el contexto que las rodea se comprende el campo semántico al que pertenecen. En esta novela, Chandra también se atreve a hibridizar el inglés hasta tal punto que llega a conjugar en esta lengua verbos en hindi, como por ejemplo observamos en chodoed (el verbo en hindi es chodo, -ed es el sufijo en inglés que marca pasado) o bajaoing (el verbo en hindi es bajao, -ing es el sufijo en inglés que marca gerundio).

A la luz de estas pinceladas, me parece adecuado afirmar que la traducción de literaturas transculturales evidencia la necesidad de abrir paso a rutas de traducción comprometidas con la hibridez lingüística y la diversidad cultural. Sabemos que no se traduce entre lenguas, sino entre culturas, por lo que la información que requiere quien traduce va siempre más allá de lo lingüístico. De hecho, al hilo de los trabajos surgidos en los estudios de traducción desde el seno del paradigma descriptivo, se hace patente la conveniencia de reflexionar sobre la responsabilidad de quien traduce, quien tiene el poder para construir la imagen de una literatura, y una cultura, para que ésta sea observada-consumida por lectores de otra. Como destaca África Vidal (1995), en esta apertura crítica que llevaba a los estudios de traducción más allá de (pero no de espaldas a) las aproximaciones lingüísticas, tuvo mucho que ver la teoría de los polisistemas (Even-Zohar, 1990) y la llamada «escuela de la manipulación»[4]. Ambos focos críticos impulsan este replanteamiento, otorgando a la traducción el papel de fuerza moldeadora esencial en la historia literaria y la dinámica cultural, pues, en definitiva, la entienden como parte de un contexto socio-cultural. La traducción siempre implica una relación inestable para el poder que una cultura puede llegar a ejercer sobre otra. Traducir es una operación discursiva de orden ideológico y político. Ante todo, esta línea de pensamiento en traducción nos recuerda que quien traduce nunca es neutral, no está libre de posicionarse. De hecho, todo traductor ha de hacerlo de manera constante. Lo importante es que lo haga con conocimiento de causa, consciente de que toda decisión conlleva consecuencias, más o menos directas.

Traducir literatura transcultural nos reta a asumir un compromiso ético para con la diversidad que nutre al texto de partida, teniendo en cuenta que la traducción posee una potencialidad activa y de gran fuerza en la construcción de una política cultural abierta ante la pluralidad que nos rodea y que cada vez es más visible. Frente a textos formal y conceptualmente híbridos, quien traduce es totalmente consciente de que no lo hace de una lengua a otra, sino de una intersección (lingüística, cultural, simbólica) a un sistema que desconoce en gran medida las especificidades lingüísticas y culturales implicadas en el texto de partida. La pregunta, y el desafío, ante este tipo de literaturas es: ¿cómo tratar con estos elementos diferenciales? ¿Cómo trasladarlos a la lengua y al sistema de llegada?

No hay fórmulas mágicas que puedan aplicarse en la traducción de literatura transcultural, como la narrativa india escrita en inglés. Cada texto exigirá una aproximación particular, una reflexión atenta y una consideración rigurosa y responsable de las posibles alternativas. Lo que en todo caso cabe defender es, en mi opinión, la actitud responsable por parte de quien traduce: una actitud abierta al diálogo, a escuchar las particularidades de cada texto, una disposición a relacionarnos con los valores de los demás. Pero, ante todo, hay que conocerlos en sus marcos de referencia. Este proyecto requiere, desde luego, del desarrollo de unas competencias culturales, lingüísticas e instrumentales especializadas y abiertas al conocimiento de la diferencia.

El proceso de transculturación supone un encuentro complejo en el que las culturas en contacto se adaptan y se ajustan a nuevas situaciones, al tiempo que adquieren nuevos matices, que surgen del encuentro. De ese modo, cuando vivir y escribir es traducir, traducir la transculturación también, en coherencia, asume un estado fronterizo que puede ser vertiginoso, pero muy gratificante.

Considero que, para traducir la transculturación, cabe advertir acerca de los peligros de la domesticación y del exotismo, puesto que ninguno de los dos extremos es capaz de reflejar la intersección constante de los textos transculturales. Cabe apostar, más bien, por una traducción mediadora, fronteriza, interseccional, por usar un sugerente concepto de Brufau (2009). Es decir, una traducción que tenga en cuenta, caso a caso, la multiplicidad de matices en juego, de ejes y dimensiones que se entrelazan en estas narrativas, desde la encrucijada que suponen y plantean todas ellas.

No olvidemos que, en gran medida, la reacción y recepción que se dispensa hacia las manifestaciones de otras culturas se ve condicionada por las imágenes que tenemos de ellas, por las traducciones que se han hecho y a las que la cultura de acogida está históricamente habituada; unas traducciones que no siempre favorecen la multiplicidad cultural desde el momento en que se enmarcan en modelos de traducción en general domesticadores y homogeneizantes, no acostumbrados a adoptar decisiones de traducción comprometidas con el lance de la diversidad cultural. Como apunta M. Rosario Martín Ruano (2004) en un agudo texto sobre la traducción de literaturas híbridas, los modelos de traducción que rigen actualmente en nuestro sistema cultural tienden a subordinar el contenido y la experimentación formal a la normatividad del castellano, mostrando una fuerte adhesión de la traducción en nuestra sociedad a políticas editoriales tradicionalistas, poco dadas a asumir el reto intercultural con conocimiento de causa, que prescriben que una traducción ha de ser aceptable en la cultura receptora como si de un original se tratara. En el polisistema en español, la traducción de literatura híbrida, multicultural, ha seguido vías sobre todo domesticadoras, que tienden más al mantenimiento de lo normativo que a la audacia de incorporar la otredad cultural planteada en los textos de manera palpable a nivel formal. En sus reflexiones, Martín Ruano utiliza como ejemplo la escritura de autoras y autores de expresión inglesa descendientes de la diáspora africana, y llega a la conclusión de que las propuestas formales (bien realistas, bien experimentales) aportadas por estos creadores quedan neutralizadas en gran medida en las traducciones vertidas al español en los últimos años. Martín Ruano no achaca este tipo de resultados únicamente a los traductores, sino al engranaje del mundo editorial, sus instituciones, normas y jerarquías.

Desde luego, el mercado y las instituciones de la cultura de llegada no siempre permiten o apoyan aproximaciones nuevas, creativas e interculturalmente conscientes que tal vez (seguramente) desafían las expectativas lectoras de fluidez y accesibilidad.

En este orden de cosas, el papel del editor como agente implicado en las decisiones traductoras es muestra de hasta qué punto las políticas editoriales pueden afectar en la praxis de la traducción contemporánea. En ese pulso, quienes traducimos hemos de negociar sin miedo, exponer nuestro proyecto, nuestros porqués. Evidenciar que, para muchos de nosotros, la traducción es nuestra forma de ser y estar en el mundo, que no somos meros transmisores de palabras, que nuestra ética está (tiene que estar) por encima de presiones que desenfocan la esencia de nuestra tarea: hacer posible la transmisión de creaciones que se han elaborado, la mayor parte de las veces, desde el corazón y las entrañas. Eso merece un compromiso, una responsabilidad. Un enorme respeto.

En otras palabras, este planteamiento no sólo es responsabilidad del mundo editorial, sino también –y sobre todo– de la comunidad traductora que puede actuar sobre una situación estática establecida, atreviéndose realmente a desconstruir políticas de traducción homogeneizantes y temerosas de asumir riesgos y transitar nuevos caminos. Este reto está en manos de quienes traducimos, y parte, en gran medida, de la impronta con que llevemos a cabo la labor de documentación que acompaña y sustenta el trasvase interlingüístico e intercultural.

En este sentido, me gustaría poner sobre la mesa una idea, que parte de la premisa siguiente: si bien es cierto que la traducción requiere documentación, no lo es menos que también puede generarla. Así, para entender las literaturas/culturas traducidas en sus propios términos resulta productiva la inclusión de introducciones, glosarios… un breve y meditado aparato crítico, que podría consistir en una nota final y/o un glosario, en el caso de que fuera necesario, puede permitir la publicidad de las fuentes y posibilitar su manejo. Es un reducto de visibilización traductora y, al tiempo, una fuente de documentación puesta al servicio del lector (tanto profesional como no profesional). Ciertamente, el engranaje editorial podría ser reacio a esta inclusión de material adicional, pero se puede intentar. Merece la pena. Pongamos en práctica el diálogo con los editores, expliquémosles de manera razonada cuál es nuestro proyecto de traducción y las implicaciones que conlleva.

Personalmente, me gusta mucho y llevo a la práctica este proyecto traductológico que consiste en recurrir a glosarios, y notas a modo de posfacios, donde proporcionar algo de contexto cultural que resulta de interés para la comprensión del texto. Herramientas, en suma, que quien traduce tiene a su disposición para servir de vínculo entre culturas, pero sin simplificar la realidad de una de las partes, pues se respeta la idiosincrasia del original y también se aportan rutas de comprensión para el público lector. En otras palabras, en este intercambio a tres bandas, quien traduce, como mediador, tiene en cuenta los dos ámbitos que se ponen en contacto.

Esto es, al tiempo, una muestra de la visibilidad de la figura del traductor en las traducciones, algo ante lo que muchas editoriales no están habituadas o dispuestas, pero tengo que decir que personalmente siempre he hallado comprensión, aceptación y colaboración con las editoriales con las que he colaborado: Espasa, Siruela, Random House Mondadori, Altaïr, Raima… El diálogo y el buen entendimiento con las editoras y editores han sido un aliciente y una constante. No he hallado trabas para incluir los glosarios completos, con el consiguiente aumento de páginas del producto final, ni siquiera la nota con que considero oportuno cerrar la traducción. Todo lo contrario, he hallado aceptación y agradecimiento, aliadas en el empeño de transmitir estas narrativas con respeto hacia el original, al tiempo que aportando accesibilidad para el lector. Mi experiencia diaria, humildemente, me parece una muestra acerca de la posibilidad de diálogo editorial de la que hablo.

Para (no) concluir

Si hay algo que he aprendido al traducir, continuamente, cuando, sentada delante del ordenador, poco a poco he ido vertiendo al castellano diversas historias, es que la acción traductora nunca consiste únicamente en traducir. Los traductores somos agentes sociales que comunicamos diferencias y negociamos límites. Al traducir, al preguntarles detalles a los autores y darme cuenta de que ninguno de ellos es banal ni prescindible, me doy cuenta de la enorme responsabilidad que tengo como intermediaria, mediadora, entre el autor y quienes lo leerán en español.

Cuando traduzco necesito visualizar la secuencia, la descripción o el diálogo que estoy reescribiendo, como si viese una película. Intento trasladarme a ese tiempo y ese espacio, que cobra vida en mi cabeza, en imágenes, en movimiento. La ayuda de los autores y la documentación rigurosa, desde la perspectiva de comprobar todo y contrastar a fondo, me resultan esenciales.

Carlos Pujol, hablando de la literatura de Kipling y de la de Naipaul, aludía agudamente a «esa manía tan occidental de simplificar las cosas para hacernos la ilusión de que las dominamos» (Pujol, 1998: 11). Por mi parte, no quiero hacerme la ilusión de que domino nada. Prefiero la duda, aguardo el momento en que alguna línea del texto hará que mis manos se detengan sobre el teclado, consciente de que tendré que preguntar, investigar, documentarme, buscar ayuda, a veces preocuparme o desesperarme, pero, siempre, aprender.

Pienso que es posible y enriquecedor conocer las otras culturas en sus propios términos (Ukoyen, 1999), para evitar crear barreras de separación e intolerancia. La diferencia no puede ni tiene por qué ser borrada, pero a través de la traducción puede ser negociada en diversos grados, entendida e interpretada, como el motor de una respuesta contra la uniformización, como la consigna y toma de conciencia de una responsabilidad ética y cultural, para la que es esencial aprender a documentarnos con rigor y sin prejuicios.

La traducción es una frontera, siempre fructífera, y a quienes la llevamos a cabo nos coloca al límite, nos reta, entre culturas, lenguas, formas de concebir y entender el mundo. Y por ello nos aboca a un constante y gratificante proceso de aprendizaje, que enseña humildad y respeto.

Me siento, me quiero sentir, al menos eso intento en cada viaje traductor, como amiga, siempre mediadora, a veces cómplice, del autor o la autora. Hago posible (eso intento) que el mundo que ha creado, los personajes, las sensaciones, lleguen a otros mundos y provoquen emociones en otra gente. Es un proceso ante el que es imprescindible asumir gran responsabilidad, sentirla y no olvidarla. Pero es, sin duda, el regalo de un oficio generoso.

Con la misma convicción con la que Kapuscinski (2000: 38) creía que una mala persona no podía ser buen periodista, considero que no se puede ser buen traductor literario, o aspirar a serlo, sin ser un traductor apasionado. Por eso, encaro cada traducción como si fuese la primera, y también como si fuese la última… con el mismo respeto y la misma pasión por sentirme, de diversas formas, una trujamana.

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Notas   [ + ]

1. Remito aquí al concepto de transculturación (Ortiz, 1940; Rama, 1982), que enfatiza la supervivencia de lo autóctono o lo propio, que logra abrirse paso y persistir en los canales de la modernización, sin negarla. La transculturación alude al proceso mediante el cual el contacto entre culturas produce modificaciones en una o ambas sociedades o identidades puestas en contacto y elabora una respuesta creadora, una fuerza creativa en la transitividad entre culturas, aún cuando éstas se encuentran en posiciones disímiles de poder.
2. He traducido y traduzco autores y autoras de otras procedencias, pero ejemplifico estas reflexiones desde la experiencia con la traducción de literatura india, aunque representan mi pensamiento traductológico en general.
3. Del ruso realii, este término fue definido por Vlakhov y Florin en 1970. Véase Florin (1993) y Shuttleworth y Cowie (1997: 139-40).
4. Sobre esta corriente traductológica, tan relevante para comprender el desarrollo de los estudios de traducción desde los años ochenta, véase la compilación fundacional a cargo de Hermans (1985) y la panorámica de Vidal Claramonte (1995).