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Antes de la novela gráfica / José Manuel Trabado

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Antes de la novela gráfica. Clásicos del cómic en la prensa norteamericana, José Manuel Trabado, Madrid, Cátedra, 2012, 285 pp.

Uno de los problemas de los estudios sobre cómic en España es la necesidad de legitimación del medio.  Se trata de un asunto que aparece con cierta recurrencia y de un modo más o menos implícito: la voluntad de superación de un complejo instaurado en diversas instancias culturales y académicas, consistente en pensar en el tebeo como un medio menor, orientado hacia la lectura infantil y, por lo tanto, poco merecedor de una atención pormenorizada. Los esfuerzos en el ámbito universitario suelen partir de este punto, la explicación de que, como manifestación de la cultura popular, el cómic presenta unos rasgos expresivos propios que sí le convierten en un medio digno de consideración.

Este complejo contrasta con dos hechos constatables. El primero es una atención creciente hacia el cómic, tanto desde la divulgación (ha sido encomiable la labor de Álvaro Pons desde su blog La cárcel de papel, cerrado el pasado mes de febrero) como desde la academia. Así, han proliferado encuentros y congresos que estudian diversos aspectos del cómic, como el que celebró la Universidad Complutense de Madrid el pasado mes de noviembre dedicado al estudio de la obra de Alan Moore (titulado “Alan Moore y sus alrededores”). Además, la publicación, ya en los años 80 de obras como El discurso del cómic, de Luis Gasca y Román Gubern (Madrid: Cátedra, 1988), suponía ya un primer paso en el establecimiento de un debate al respecto de las características del medio. Faltaban, sin embargo, estudios más sectoriales que se centrasen en los puntos más conflictivos de la historia del cómic.

Aquí es donde el libro de José Manuel Trabado cumple con una función imprescindible. Porque su título ya resulta indicativo del objeto de estudio: Antes de la novela gráfica. Clásicos del cómic en la prensa norteamericana. Y porque el autor, consciente del lastre de tener que legitimar tal objeto de estudio, no se aparta del debate sino que lo afronta desde el principio del libro, desde la misma introducción, afirmando que su investigación se dirige hacia la identificación de los rasgos estilísticos del cómic clásico para inscribirlos en la modernidad por su referencialidad, por la reflexión que se establece en los tebeos al respecto de su propia naturaleza, un análisis que aparece desde muy temprano en la historia del medio.

Trabado entiende que el período del cómic clásico abarca desde la primera década del siglo XX (con el inicio, en 1905, de la publicación de Little Nemo in Slumberland, de Winsor McCay, en las páginas del New York Herald) hasta principios de los años 50, es decir, hasta el final del Spirit de Will Eisner. Entre uno y otro, se desarrolla un lenguaje que surge desde una hipótesis que el autor plantea de un modo muy sugerente: en contra de lo que pudiera parecer, el hecho de que estos cómics se publicasen en la prensa norteamericana no supuso una restricción sino una exploración de sus límites compositivos y de lo que se podía o no decir. Del mismo modo que el cine clásico se explica por el cuestionamiento, en el interior de los textos, de las limitaciones propias de un sistema de producción de estudio, el cómic clásico se enfrenta sin cesar a estos condicionantes, lo que explicará que el paso a nuevos formatos de publicación en los años 60 y 70 se haga a partir de la profundización de la reflexión que ya estaba presente en los cómics de principios de siglo.

Trabado explica con todo detalle esta hipótesis, centrándose en algunas de las obras más representativas, como los mencionados Little Nemo Spirit, aparte de Gasoline Alley (Frank King) y Krazy Kat (George Herriman). En todos ellos, Trabado se centra en el estudio de la estructura para descubrir cómo van borrándose los distintos límites, tanto los gráficos de las viñetas (con las composiciones de Herriman) como los referentes al concepto mismo de entretenimiento (con el juego entre realidad y ficción de McCay). Sin embargo, el autor no se queda aquí, sino que apunta otras vías posteriores de investigación, como es el paso que se produciría más tarde hacia la “novela gráfica”, estudiado por Santiago García en su obra La novela gráfica. Pero Trabado va más allá, estableciendo nexos tangentes entre estos cómics y los tebeos contemporáneos de autores como Art Spiegelman o Chris Ware. Pese a ser conocidas las influencias, el mérito de este estudio radica en su sistematización a la hora de enmarcar el cómic en un contexto cultural más amplio. A este respecto, resulta muy interesante la reflexión sobre la mirada y la subjetividad que inicia el autor a raíz de Spirit y que le lleva hasta Harvey Pekar y Seth, pasando por el cine, el videojuego y el videoclip.

Se echa en falta, cómo no, que el autor entre en otras obras, como Polly and Her Pals, de Cliff Sterrett, donde resultaría muy interesante centrarse en este análisis en relación con las vanguardias de los años 20. O incluso el Popeye de E.C. Segar, no ya tanto por su carácter de apropiación de la historia por parte de un personaje secundario (como apunta Trabado) sino por el carácter político de un cómic desarrollado en una década tan conflictiva como la de 1930. Sin embargo, los ejemplos escogidos reflejan muy bien cuáles son los términos de la reflexión, que el autor amplía en la segunda parte del libro con sus ideas sobre el metalenguaje. Y aún añade una tercera parte en la que cierra el círculo con Art Spiegelman, que reelabora todas las influencias del cómic clásico (McCay, Herriman, Segar) para otorgarle al cómic esa legitimación tan discutida por haber sufrido el medio sucesivos procesos de censura política que siempre han buscado su infantilización y desprecio como mera herramienta de entretenimiento inocuo.

Antes de la novela gráfica se detiene en un período histórico muy estimulante y en unas obras que nos permiten comprobar que la evolución del cómic transcurría de un modo paralelo al de otras disciplinas culturales (como el cine) en la investigación de su consideración como relato a principios del siglo XX. Los motivos de esa posterior desafección por parte de ciertos receptores formaría parte de un estudio aparte pero el hecho es que el libro de Trabado desvela que esa condición de “clásico” no responde a una valoración como obra pionera, germinal y, en cierto sentido, superada y muerta. Al contrario, el “clásico” explica el presente y promueve la exploración, la ruptura constante, la puesta en crisis de los límites industriales y  productivos, así como las restricciones de las expectativas del receptor. Ése es el camino que marca este libro para la superación de un complejo que debe quedar reducido al colectivo fan, y que no debe seguir penetrando el entorno académico.

Referencia bibliográfica
  • GARCÍA, Santiago (2010), La novela gráfica, Bilbao, Astiberri.

Manuel de la Fuente